Arno, una copia de Ezio o una gran jugada de Ubisoft

Los que me han oído alguna vez, saben que creo que Ubisoft debería dejar descansar la saga Assassin’s Creed, pues a mi parecer, una entrega cada año, la está fulminando. De hecho, pese a ser un grandísimo fan de la franquicia, fiel año tras año, decidí dejar reposar la serie una vez finalizado Revelations, el cual ya me supuso de entrada un pequeño esfuerzo. Fue una decisión fácil, pues Assassin’s Creed III no despertó en mí un interés tal como lo habían hecho los anteriores. Este, trasladaba la acción lejos del viejo continente europeo hacia el nuevo mundo americano. Un lugar menos familiar para mí y con pocas posibilidades de impresionar por una majestuosa arquitectura, uno de mis puntos favoritos. Como olvidar la catedral de Acre, el Duomo de Florencia o el Coliseo de Roma.

En un principio, desde mi perspectiva, todos estos puntos resultaron negativos a primera vista. Llegué a reconocer Assassin’s Creed como una trilogía, Ezio, y una precuela, Altair. El problema era que aún quedaba un cabo por resolver, Desmond, uno de los “problemas” de Ubisoft.

Desmond, que en un inicio, era un personaje esencial, se estaba convirtiendo en una barrera narrativa que no dejaba ir el juego más allá. Pero Ubisoft realizó aquí un buen movimiento, cerrar su historia con esta tercera parte. Un año después, puntual a su cita, apareció Black Flag, un juego basado en la vida pirata y que quizás avivaba algo más mi curiosidad. No obstante, seguíamos la misma senda, un continente joven sin magnificencia arquitectónica. Pero esta vez “sin Desmond” y con un nuevo concepto de Animus. Esto nos lleva a la actualidad y la inminente salida de Unity.

Assassin’s Creed Unity vuelve a Europa. Lo hace en la Francia del siglo XVIII, con un París escala 1:1 repleto de grandes construcciones como la catedral de Notre Dame o El Palacio Nacional de los Inválidos. Unity es, con esta carta de presentación, el que ha vuelto a poner la saga Assassin’s Creed en mi lista. Razón por la cual, y tras más de dos años de descanso, me ha hecho jugar las historias de Connor y Edward Kenway (esta última aún en proceso). Además, Ubisoft recurre a Arno Dorian, un personaje muy similar al gran Ezio Auditore. Un ciudadano de buena familia que ve como esta se rompe siendo él aún muy joven, tras lo cual empieza a descubrir lo podridas que están las altas esferas de la sociedad.

Desde mi humilde punto de vista, y a falta de probar Unity, Ubisoft ha hecho dos movimientos maestros, sea o no de forma voluntaria. En un primer lugar, alejar la acción de Europa. De está manera, ha podido exprimir la anterior generación, seguir ganando dinero y volver con Unity, impensable en las viejas plataformas. En segundo lugar, “deshacerse” de Desmond para poder abrir radicalmente el abanico de posibilidades que puede llegar a proporcionar el concepto del Animus.

Ahora falta esperar si Assassin’s Creed Unity cumplirá las expectativas.

Assassin's Creed Unity